Dolor de cabeza y de garganta fue lo que me quedó del fin de semana, gracias a mi primera visita (que yo sepa) al autódromo de la ciudad. Realmente no me gusta cagarme de frío, y menos si tengo que cagarme de frío por algo que no me gusta; pero el TC corría en Buenos Aires, mi viejo es fanático y conseguíamos entradas gratis. Aparte nadie podía saber que iba a hacer el clima que hizo.
Como todo sirve para algo, chupar frío y lluvia y viento durante una tarde y una mañana mientras caminaba por boxes escuchando autos que me aturden me sirvió para confirmar lo que siempre sospeché: todo ese circo (desde los motores hasta las tribunas agrupadas por marca de autos) no mueve nada dentro mío, por más que a mi viejo le resulte increíble. En lo que a mí respecta, abajo del capot hay cosas que se mueven y hasta ahí llega mi conocimiento; estaría igual de sorprendido si me explicaran que lo que hace funcionar un motor es un complejo sistema de mecánica y electricidad o si en realidad son unos gnomos mágicos de 15 centímetros que fuman pipa y saltan entre ellos para crear corriente estática.
También rescato algunas cosas, más humanas, como el revuelo que arma el linaje de los Di Palma, gente de sangre azul en su pueblo y queridos en todas las pistas. El almuerzo que se armó el domingo cuando todo se terminó, en la carpa de un equipo amigo que merece mejor suerte y que después de comer se volvió a su taller en algún lugar de la provincia para estar listos en 3 semanas y rodar otra vez...
lunes, julio 12, 2004
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